Jericoacoara, en Brasil, es una ciudad difícil de clasificar. Conservada como un lugar aislado y donde la civilización (al menos tal como la conocemos) llegó en forma tardía, sobrevivió como un pueblo de pescadores descubierto en años recientes por turistas intrépidos. Lo que sin duda destaca es su emplazamiento: Jericoara, está rodeado de un mar de dunas al que hasta hoy, ninguna carretera se atreve a atravesar.
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Jericoacoara está situado en el Estado de Ceará, es el parque nacional de Ceará, al nordeste de Brasil. El único modo de acceder es contratando un Buggy o todoterreno para atravesar el mar de arena y dunas que por momentos parece interminable. El pueblo, con un puñado cada vez más extenso de hoteles y restaurantes, donde hasta las calles son de arena, es además de singular, la base de operaciones donde los turistas parten para realizar excursiones, practicar deportes, y lo más imperdible, visualizar el amanecer en el mar, desde un médano de varias decenas de metros de altura, según se cuenta, una de las mejores puestas de sol del mundo.
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La zona de Jericoacoara es ideal para practicar surf, winsurf, y más recientemente, kitesurf, entre otros deportes ligados al entorno casi virgen, en donde lo que decimos no es ninguna exageración. En Jericoacoara la electricidad llegó hace apenas un par de décadas, por lo que hasta hace poco, lo que más destacaba en la zona era el viento. Lo que vino después del "descubrimiento" de mochileros europeos y el boca a boca, fue poco menos que un boom. La ciudad, totalmente volcada al turismo, ofrece días de sol y playa y noches de fiesta pegados al mar.
Dunas, cocoteros y un mar que se ve increíble desde lo alto de un médano, es la fórmula del éxito de un pueblo que ha llegado a estar incluido en los listados de las playas más bellas del mundo, quizás porque además de un paisaje increíble, Jericoacoara guarda una tranquilidad que se preserva como un tesoro escondido.
