Y qué decir de Mar de las Pampas, cómo contar lo que se vive en “Rincón de las Pampas“. Porque todos sabemos que tan sólo alejarnos unos kilómetros de la ciudad nos devuelve la posibilidad de respirar otro aire, menos contaminado y libre del smog de la gran urbe, de descansar nuestros ojos del cemento y el paisaje “edificado”, de vivir a otro ritmo, más tranquilo, calmo, relajado, en el que el “tic tac” del reloj no sea más que el ritmo de fondo de un tiempo indeterminado…

Pero Mar de las Pampas es más que eso, mucho más… es la posibilidad de redescubrirnos a nosotros mismos y a los demás, ajenos a la rutina que nos impone el trabajo, y recobrar nuestra libertad interna y la capacidad de sorprendernos, de reír, de llorar, de disfrutar…
De eso se trató nuestra experiencia en Mar de las Pampas. Ya desde la ruta comenzamos a sentir y disfrutar ese aroma a pino que caracteriza a la zona; habíamos pasado Villa Gessell y los carteles nos indicaban que estábamos prontos a llegar. Y así fue: de pronto, la rotonda de acceso desembocó en una calle de arena que nos llevó a nuestro primer destino: el mar, como no podía ser de otro modo. Allí nos detuvimos un largo rato para escucharlo, sacarnos unas fotos y caminar por la arena. Y así comenzamos a sorprendernos…
Luego nos dirigimos hacia el lugar en donde nos hospedarían: “Rincón de las Pampas”. Y allí seguimos sorprendiéndonos: primero con el lugar, una construcción de estilo moderno, de tres pisos, que combina cálidamente la piedra con la madera y el color de las paredes de cemento, con amplios ventanales de cortinas blancas y patios internos en cada uno de los ambientes. Y después con su gente, porque al llegar nos recibió Felipe, el encargado, una persona de esas que hacen sentir “como en casa” hasta al más extranjero de los huéspedes, amable, laborioso, predispuesto, un “buen tipo”. Pronto nos condujo al que fuera nuestro apartamento en esos días, luminoso, cómodo, totalmente equipado, impecable; podíamos ver desde él la reserva de pinos ubicada al frente, escuchar, de día, el canto de los pájaros, el sonido del mar y del viento entre los árboles y, de noche, el croar de las ranas y el crujido del pasto removido por las liebres a su paso ligero… y después, calma, tranquilidad, bienestar.
Fuente: Teleaire.com
