Si me pidieran de cerrar los ojos e imaginar un pueblo costero que viviera de la pesca, de seguro me imaginaría un sitio de casas humildes y coloridas, calles angostas, mar, montaña, barcos amarrados, gente trabajando en sus redes y frutos de mar saliendo de sus canastos. Pero al abrir los ojos, podría viajar al sur de Chile y notar que lo imaginado es real. Ese pueblo que cree en mi mente tiene nombre y se llama Puerto Montt. Esa ciudad custodiada por volcanes y que destila amabilidad.

La ciudad se recuesta sobre una calma bahía y las casas se trepan en la accidentada geografía. Las calles intentan abrirse camino tomando así formas extrañas, los callejones son moneda corriente y no es extraño encontrar escaleras entre las casas. Éstas construidas en tablones o tejuelas de madera superpuestas y pintadas, en el mejor de los casos, de llamativos colores. Las que no corrieron esa suerte presentarán ese color grisáceo de la madera expuesta a todo tipo de condiciones climáticas.

Pero claro que, además de recorrer sus callejuelas, es menester visitar la Feria Angelmó en que se pueden encontrar productos artesanales y, como no, comer platos típicos a base de mariscos. Claro que si lo que se desea es un poco de aventura se pueden realizar caminatas en la base de los volcanes y escalar algunos metros, cuando las condiciones están dadas.

Cierra los ojos, imagina un pueblo costero y, seguramente, Puerto Montt será el sitio que soñaste.

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